La cuestión del límite no tiene, desde luego, nada de sencilla, lo que por otra parte la hace profundamente interesante. En matemáticas definimos límite como una referencia: el punto a al que x puede acercarse sin llegar a ser en ningún caso a. De modo que funcionalmente, un límite sirve para designar a todo aquello que se acerca a él de una forma u otra pero no es él mismo. Por mucho que hablemos del límite, nunca podremos, en el fondo, referirnos a él directamente, porque el factor referido y él no pueden tener relación de identidad.
Esta ingenua reflexión algebraica aporta algunas cuestiones de interés. Deleuze afirmaba en su Lógica del sentido que desde esta perspectiva podían elucidarse dos tiempos incompatibles: uno entendido como presente, y otro como pasado y futuro alargados. Entendía así el presente como límite, y el pasado y el futuro como factores relativos, pero también viceversa. Lejos de suponer una “simple comida de tarro” filosófica (aceptemos aunque sea provisionalmente que tal cosa pueda existir), la problemática de esta dualidad de lo temporal, de lo predicativo, nos abisma a una realidad pasmosa en la que se asienta el dualismo propio, no ya sólo del estructuralismo, sino de la propia estructuralidad: que para ser humanamente entendida, no hay verdad o concepto que no implique su contrario.
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